El escritor y mis fantasmas

Por: Alejandra Moglia

Maestro de vida… si María Elena Walsh ha sido la maestra por excelencia en los primeros años de mi infancia, Ernesto Sábato lo ha sido en los años de la adolescencia y, muy especialmente, los primeros de mi juventud cuando en Argentina se avistaba con emoción el retorno de la democracia. Fue en aquel tiempo cuando conocí a Alejandra y a Martín. Sobre héroes y tumbas se transformó en mi libro de vida, leído y releído una y otra vez siempre con nuevos significados.

Luego de su lectura ya no fui la misma y Buenos Aires tampoco: pasar por Parque Lezama y saber que allí, en algún lugarcito perdido en la memoria, Martín está sintiendo todavía hoy la presencia –y la ausencia- de Alejandra, y que en la Recova de Belgrano Fernando está descendiendo a una Buenos Aires espectral en busca de una secta que lo atormenta, y que es su propio infierno. Y están Bruno, Georgina, el abuelo Pancho y el Bebe, Celedonio Olmos, y Escolástica y su dolor de niña … y  otra vez Martín con su recuerdo de Alejandra, el chico inocente que no pierde la fe en la vida y decide renacer a pesar de todo… Así es Sábato, el maestro que honra la vida y decide apostar a ella jugándose todas las fichas.

El maestro que ama Buenos Aires y la recrea, y junto con ella a mis fantasmas no sólo de mi pasado sino los del pasado de los que me antecedieron y están conmigo, y que por alguna razón siguen estando, será que nunca se fueron….

Épocas de infancias añoradas, muy lejanas en el tiempo y muy cercanas en el corazón… y una Buenos Aires tan melancólica y profunda, tan hermosamente nostálgica, escondida detrás de luces posmodernas y gustos por lo foráneo pero visible para muchos otros ojos que la rescatan de su pasado y la traen a nuestro presente junto con todos sus fantasmas y sus voces que la redimen y la recrean eternamente como La Reina del Plata, la ciudad junto al río inmóvil que canta su tristeza y la hace bailar.


Fotografía: Parque Saavedra, Alejandra Moglia

…Y allí está el abuelo junto al Polaco Goyeneche, en el Parque Saavedra, llamándome para cantarme esas canciones del pasado, para acunarme en el sueño de la melancolía, para pedirme que mire esa estrella del cielo en donde está la abuela cuidándome, para contarme sobre Luis, María, el Pibe, Sapienza, Nazareno, tía Nena, Cirilo, Elena, el Coronel Brandsen, el punga futbolero, el orgullo de ser ferroviario… para recordarme quien soy… para pedirme que no tenga miedo.


Al Buenos Aires que se fue

Cuando la dureza y el furor de Buenos Aires
hacen sentir más la soledad
busco un suburbio en el crepúspulo, y entonces,
a través de un brumoso territorio de medio siglo
enriquecido y desvastado por el amor y el desengaño,
miro hacia aquel niño que fui en otro tiempo.

Melancólicamente me recuerdo
sintiendo las primeras gotas de una lluvia
en la tierra reseca de mis calles sobre los techos de zinc.
“Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva”,
hasta que los pájaros cantaban y corríamos descalzos,
a largar los barquitos de papel.

Tiempos de las cintas de Tom Mix y de las figuritas de colores,
de Tesorieri, Mutis y Bidoglio,
tiempo de las calesitas a caballo,
de los manises calientes en las tardes invernales,
de la locomotora chiquita y su silbato.

Mundo que apenas entrevemos cuando estamos muy solos,
en este caos del ruido y del cemento,
ya sin lugar para los patios con glisinas y claveles,
donde una chica casadera cantaba algo de un pañuelito blanco,
mientras planchaba la ropa del hermano.

Cuando la dureza y el furor de Buenos Aires,
hacen sentir más la soledad,
salgo a caminar por esos barrios que tímidamente, con vergüenza,
conservan algún minúsculo tesoro de un pasado menos duro,
una maceta con malvones, alguna reja rezagada.

Pero ya Boedo no es el que cantó De Caro,
ni Chiclana la calle de Esthercita,
ni Puente Alsina en la vieja barriada
que vio nacer al poeta callejero.

En vano buscaremos las muchachas
en torno del gringo y su organito,
ansiosamente mirando la cotorra,
esperando de su pico la buenas suerte o el amor.

Feliz de vos, Homero Manzi, que te fuiste a tiempo,
cuando aún era posible escribir esas canciones de trenzas y almacenes,
cuando todavía los espíritus no estaban resecados,
por la ferocidad y la violencia.

Ya no hay novias detrás de las persianas,
esperando al gringo y su monito.
Ya murió el último organito
y el alma del suburbio se quedó sin voz.

Letra de Ernesto Sabato y música de Julio De Caro.


Fotografía: vieja Recova en el barrio de Belgrano, Alejandra Moglia


Alejandra

He vuelto a aquel banco del Parque Lezama.
Lo mismo que entonces se oye en la noche
la sorda sirena de un barco lejano.
Mis ojos nublados te buscan en vano.

Después de diez años, he vuelto a tí solo,
soñando aquel tiempo, oyendo aquel barco,
el tiempo y la lluvia, el viento y la muerte:
ya todos llevaron, ya nada dejaron …

Entre soledades y hondos dolores
en vagas regiones de negros malvones
estás, Alejandra, por cuáles caminos,
con grave tristeza, oh muerta princesa!

He vuelto a aquel banco del Parque Lezama.
Lo mismo que entonces se oye en la noche
la sorda sirena de un barco lejano.
Mis ojos nublados te buscan en vano.

Ahora tan solo la bruma de otoño.
Un viejo que duerme… las hojas caídas…
El tiempo y la lluvia, el viento y la muerte:
Ya todos llevaron, ya nada dejaron …

Letra de Ernesto Sábato y música de Aníbal Troilo


Más información en:

Fleisher, Ariel. Sábato y el tango. En: Axterion XXI. Disponible en: http://www.asterionxxi.com.ar/numero1/sabato.htm#Al%20Buenos%20Aires%20que%20se%20fue

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