El arte de no terminar nada: saltar al abismo para alcanzar desde allí las estrellas, por Elisa Rodríguez Court

Imagen tomada de: Jardín de estatuas sin ojos

Pienso en El viajero más lento. El arte de no terminar nada, libro de Enrique Vila-Matas, y me viene a la mente un caminante con sombrero y ligero de equipaje avanzando hacia delante. Un viajero entregado a un peregrinaje en línea recta hacia un punto imposible del infinito. Y no me parece extraño que me asalte tal imagen. Representa, en última instancia, ese viaje rectilíneo propio de la escritura de Vila-Matas que nos acerca siempre a nuevos abismos. Esta odisea sin retorno y sin meta es también una de las marcas importantes de El viajero más lento,un libro que reúne un conjunto de textos literarios selectos que, como se dice en la contraportada, configuraron el paisaje narrativo posterior de Vila-Matas. Incluye, además, dos magistrales piezas inéditas que profundizan aún más en las claves de su obra. Es precisamente lo que se dice en estos dos nuevos textos lo que nos lleva a los lectores a considerar la plena vigencia de los antiguos textos. Porque, de igual modo que, como se lee en El viajero más lento, no hay buenos libros totalmente acabados, tampoco los textos de Vila-Matas se quedan inactivos. Lejos de permanecer quietos, terminan saliendo disparados en distintas direcciones. De sus entrañas surgen entonces, nuevos textos y libros que siguen su propia trayectoria, como un niño que se desembaraza del útero materno para, con el tiempo, alzar su particular vuelo.
Solo las historias no bien contadas, escribe Vila-Matas, tienen final, son completas, pues nadie siente la tentación de volver a ellas. Es cuestión, por tanto, de desafiar todo cierre en las obras de ficción, dejarlas abiertas y desarrollar en ellas la idea de mundos posibles o paralelos. De este modo se subvierte la causalidad, desplegando una narración múltiple e infinitizada cuyo resultado son ficciones que se espejean y bifurcan incesantemente. De todo ello y más cuenta Enrique Vila-Matas en El arte de no terminar nada, texto en el que este escritor vuelve a mostrar su maestría de ensamblar citas de escritores que parecen nombrar su escritura. Es parte del arte de Vila-Matas: dándole voz a la escritura de otros autores de su familia literaria nos revela la suya propia. Irrepetible.
Los textos de El viajero más lento son ideas literarias en proceso. Se despliegan en un tapiz que, disparándose en todos los itinerarios posibles, acaban por volverse inagotables. No mueren, por consiguiente, una vez que han sido leídos. Por el contrario, empiezan justo a cobrar vida en ese instante en que los lectores activos vuelven a reinventarlos bajo la propia mirada. Guardan, así, relación con la visión de Vila-Matas sobre el libro no concluido como la obra perfecta de la que hablara Macedonio Fernández: la obra en realización, de modo que un libro será para el lector antes un lento venir viniendo que una llegada. Y finalmente, otros posibles libros de ese mismo libro.
El procedimiento de la escritura de Vila-Matas supone un desafío a eso que Marguerite Duras llama libros pudibundos, sin poso alguno, sin noche. También una manera de ir en contra de la corriente de escritores que, según Ricardo Piglia, se comportan como hombres de pocas palabras que se hacen tatuar frases. Escritores que llevan escrito en la piel todo lo que tienen que decir.
Vila-Matas es, por tanto, un experto en el arte de no terminar nada. En su obra parecen depurarse las puertas de la percepción que hacen ver las cosas a través de las estrechas rendijas de nuestras cavernas. Su literatura nos invita a lanzarnos al vacío para, como se dice en El viajero más lento, persuadirse de que eso podría quizá tener un sentido que incluso uno mismo ignorase. Es lo que parece hacer Vila-Matas cual águila que, como escribe Hugo von Hofmannsthal, no puede volar desde el llano y debe saltar al abismo para alcanzar desde allí las estrellas.

Elisa Rodríguez Court

En: Jardín de estatuas sin ojos